miércoles, 14 de mayo de 2008

Volveré...

Cuando la tristeza no sea mi patria.
Cuando deje de navegar con rumbo inerte.
Cuando los días comiencen a nacer.
Cuando encuentre la salida a otro laberinto.

Gracias por echarme de menos.

martes, 22 de abril de 2008

I´ve got the golden ticket

Las dependencias de la Administración pública se valen de un sistema a la hora de atender al público. Dicho sistema se basa en la recogida de un tique de una maquinita. Dicho número permitirá establecer un orden para atender a los usuarios, en función de su llegada a las dependencias públicas. Así pues, uno saca su número de la máquina y espera a que su cifra aparezca en los paneles instalados en las mesas de atención al público. El comentario no se refiere a lo novedoso del sistema. Queridos y queridas, el Pryca ya utilizaba ese método en su pescadería cuando se hacía la mili con lanza.

El caso es que, en un momento dado, alguien saca dos números. No se sabe muy bien quién empieza la cadena, pero el juego discurre así: la persona que saca dos números utiliza uno y el otro lo dona de forma altruista a alguien que tenga un número mayor. Así pues, le hace ascender unos cuantos puestos en la cola y le ahorra un tiempo indeterminado de espera. Cuando la persona que recibe el número ha terminado sus gestiones, dona su tique original a otra persona que haya llegado después y le evita otro tanto tiempo de espera. Y no sé cómo ni por qué, siempre hay un número que pasa de mano en mano a modo de favor desinteresado hacia uno de los “esperantes”.

No sabría decir qué tipo de características reúne mi persona, pero siempre soy galardonada con un tique que me hace avanzar puestos en la cola. Luego, yo tengo que regalar el mío, pues aunque no existe ninguna maldición para quien rompe la cadena, ya conocemos eso del primer principio de la termodinámica. El caso es que cuando me toca a mí premiar, me fijo siempre en dos premisas: el número de llamadas que reciben los sujetos al móvil y la posición de los cuerpos. Si una persona recibe muchas llamadas (de trabajo, entiéndase), tendrá prisa por reincorporarse a su puesto, así que merece avanzar en la cola. Si una persona adquiere posición oblicua, está realmente cansada de estar en pie y merece avanzar en la cola. Si alguien recibe muchas llamadas de trabajo al mismo tiempo que adquiere posición oblicua, será galardonado con mi tique.

A veces pienso en si la gente también creará sus propios parámetros para la cesión de su puesto. Otras veces me analizo para intentar saber por qué me lo ceden a mí. La gran mayoría de las ocasiones medito acerca de la creación espontánea de ese juego de siniestra selección bienintencionada y altruista. El resto de las veces me dedico simplemente a hacer viajes astrales. El caso es que dos horas de espera para entregar un papel, dan para pensar mucho.

domingo, 20 de abril de 2008

¿Playa o montaña?

Siempre que me hacen esa pregunta, respondo lo mismo: yo soy pez de ciudad. Y es que, aunque a algunos les resulte extraño, hay quien se encuentra cómodo entre el asfalto y los grandes edificios. Eso no quita para que, de vez en cuando, apetezca cambiar de paisajes por eso de "desconectar", aunque todavía no sé muy bien a qué estoy enchufada. Mientras decidimos si es mejor la costa o el interior, aquí dejo una imagen de mi desconexión de fin de semana.

viernes, 18 de abril de 2008

El paciente famoso

De nuevo me dirigía a un centro comercial en busca de un regalo de cumpleaños. Detesto las grandes superficies, pero reconozco que resultan cómodas a la hora de aparcar y de tantear varias posibilidades. Noté en el corto trayecto de las escaleras mecánicas que subían del párkin, que el ambiente se encontraba algo más alborotado que de costumbre. Y una vez más, mis oídos no me engañaban. El centro comercial estaba abarrotado de gente. Divisé en el centro de las instalaciones un escenario repleto de criaturas en la edad del pavo y de compañeros de los medios de comunicación. No tenía más remedio que pasar por allí, porque la tienda en la que quería comprar el regalo se situaba en el otro extremo. Así que tomé aire y me introduje en la vorágine de pequeñas muchachas excesivamente maquilladas.

Había perdido ya la cuenta de los codazos y los empujones cuando conseguí llegar a la altura del escenario. Sobre él se situaba un cantante de los que están de moda. Me detuve unos segundos en examinar el comportamiento del muchacho. El tipo estaba en “modo sonrisa” y soportaba estoicamente las exigencias de las enfervorizadas fans. A todo esto, me dieron un empujón de esos que te hacen avanzar varios metros y dos pequeñas criaturas me acusaron de querer colarme en la fila. Había llegado el momento de huir de allí y centrarme en la tediosa tarea de realizar las compras. Aproximadamente una hora después, tuve que volver a pasar por el escenario ocasional para regresar al párkin. Y allí seguía el pobre muchacho en “modo sonrisa”, aguantando hordas de adolescentes.

Ahí me di cuenta de que yo nunca podría ser una popstar, porque sería incapaz de soportar esa situación. Me imagino en mitad de la firma de discos cogiendo el micrófono y diciendo, “¿pero es que no tenéis casa?”. Y seguro que a más de uno lo mandaba a recolectar alcachofas. Así pues la tarde me dejó dos conclusiones importantes: que los artistas de masas tienen más paciencia que el Santo Job y que, si por casualidad llegara a ser famosa algún día, tendría un anti club de fans.