Resulta curioso cómo tenemos la constante necesidad de etiquetar a la gente. Según los eruditos de la sociología, ésta es una de las peculiaridades de la sociedad en la que vivimos. Quizá sea de manera inconsciente, pero necesitamos encuadrar a nuestros conocidos en secciones: ya sea por tribu urbana, por geografía, por ideología religiosa o política o por los más simples clichés: el gracioso del grupo, el bohemio, el responsable, el raro...
La ubicación del personal se basa en una triste reducción de esquemas. Pero no es una reducción de esquemas lógica sino social. Cuando nos presentan ante desconocidos, unas cuantas etiquetas de éstas servirán para definirnos. Por supuesto, cuanta más amistad o grado de afinidad, más variadas serán las etiquetas que nos describan. Personalmente me hace gracia imaginar cómo nuestro entorno se convierte en una despensa donde le vamos poniendo un nombre a cada tarro y lo colocamos en una estantería determinada.
El problema es que, aunque existan unos estándares establecidos, en las etiquetas complejas las definiciones de una a otra personas pueden variar. Con esto pasa un poco como con los sustantivos sensoriales; el amor, la amistad, el odio... aunque aparezcan escritos en el diccionario con una definición concreta, cada uno tiene un concepto personal de lo que son. Realmente me resulta curioso cuando una persona presenta bajo una determinada etiqueta y el desconocido sale por peteneras. Véase el siguiente caso:
- Conocido etiquetando:"mi amiga fulanita es gótica"
- Desconocido recibiendo la etiqueta: "anda, ¿entonces se quiere suicidar?"
Supongo que aquí ya entran en juego diversos factores como los estereotipos o la cultura que posea cada uno. También cabe destacar a ese tipo de personas que cuando te colocan una etiqueta, no te la quitan ni con agua caliente. Éstas personas son capaces de estar a tu lado años y un buen día decirte: "me sorprendiste el otro día cuando hiciste (sirva cualquier ejemplo), no pensaba que eras tan (sirva cualquier otro ejemplo)". Y claro que se sorprenden porque te han puesto un cerco mental del que te has salido sin previo aviso ni petición.
Lo cierto y verdad es que, desde hace algún tiempo, he observado con atención a mi alrededor para obtener conclusiones. He logrado percibir que cuando la gente no consigue etiquetarte, se pone un tanto nerviosa. Yo precisamente soy de esas personas un poco inclasificable y muchos de mis amigos me han manifestado el desazón que eso les produce. Reconozco que en ocasiones yo también caigo en el perverso juego social y necesito etiquetar. Lo mejor va a ser recurrir al cine y exclamar: ¡moriremos sin las etiquetas puestas!

