Entré en esta página por error cuando buscaba otra. En su interfaz encontré una serie de enlaces de los que uno me llamó poderosamente la atención. Intenten encontrarlo ustedes.

Entré en aquella tienda por pura casualidad. Necesitaba hacer un simple trámite y me pillaba de camino. Abro la puerta y el dependiente levanta su cabeza atraído por el ruido. Sus ojos castaños me dejan con el culo torcido. Ante mí se muestra la perfecta reencarnación de un Dios Celta. Qué disparate de niño, discurro para mis adentros y, automáticamente, el color rojo invade mi rostro. Llega mi turno. A ver lo que digo –pienso- que en estos casos suelo soltar unas burradas del quince. El trámite se completa cordial y rápidamente. Todo ha resultado indoloro, sólo que me llevo sus ojos clavados en el alma. Me percato al salir que tengo en mi mano un ticket en el que pone: “Le atendió…” y le sigue su nombre.
