Tras media hora de atasco, percibo un ligero trecho de carretera sin tráfico. Me emociono y empiezo a acelerar con la esperanza de salir lo antes posible de ese infierno. De repente, veo como la parte delantera de un coche se planta en mitad de mi carril. Frenos para qué os quiero. Detecto las letras BMW reflejadas en el enorme espejo que hay frente a la calle y que el imprudente conductor no se ha parado a mirar antes de salir. Doy mi intermitente y, aprovechando la ausencia de tráfico en sentido contrario, me decido a esquivarlo. Al mismo tiempo, el conductor del BMW se empeña en cortarme de nuevo el paso y avanza introduciéndose más en el carril. Frenos para qué os quiero (Vol. 2).El caso es que me encuentro con medio coche en sentido contrario cuando el conductor del citado coche, un muchacho de unos 30 años que lucía un polo con cocodrilo y abusaba de la gomina, abre su ventanilla y comienza a increparme. Miro el reloj: 08.30 horas de la mañana. Demasiado temprano para tener una bronca, pienso. Así que le subo el volumen a la radio y lo dejo ensimismado con sus gritos sin fundamento. Mientras, pido a los más altos altares que no venga ningún coche en la dirección que mi coche estaba invadiendo en ese momento. Avanza la fila y consigo reincorporarme y respirar. El engominado me mira a través del retrovisor y, mediante gestos de prepotencia, me hace entrever que se ha salido con la suya y yo me he quedado detrás.
Pero, oh sorpresa, pasa una moto, adelantando a toda la fila de coches por la izquierda. El motorista, por qué no decirlo, un guarro de los que hacen apología, gira su cabeza a la derecha y escupe. Entonces actúan las leyes de la física: velocidad, fuerza y gravedad. Si a eso le sumamos las variables de: situación del BMW y ventanilla abierta para gritar… podéis despejar vosotros mismos la ecuación.



