martes, 8 de abril de 2008

La venganza de la física

Tras media hora de atasco, percibo un ligero trecho de carretera sin tráfico. Me emociono y empiezo a acelerar con la esperanza de salir lo antes posible de ese infierno. De repente, veo como la parte delantera de un coche se planta en mitad de mi carril. Frenos para qué os quiero. Detecto las letras BMW reflejadas en el enorme espejo que hay frente a la calle y que el imprudente conductor no se ha parado a mirar antes de salir. Doy mi intermitente y, aprovechando la ausencia de tráfico en sentido contrario, me decido a esquivarlo. Al mismo tiempo, el conductor del BMW se empeña en cortarme de nuevo el paso y avanza introduciéndose más en el carril. Frenos para qué os quiero (Vol. 2).

El caso es que me encuentro con medio coche en sentido contrario cuando el conductor del citado coche, un muchacho de unos 30 años que lucía un polo con cocodrilo y abusaba de la gomina, abre su ventanilla y comienza a increparme. Miro el reloj: 08.30 horas de la mañana. Demasiado temprano para tener una bronca, pienso. Así que le subo el volumen a la radio y lo dejo ensimismado con sus gritos sin fundamento. Mientras, pido a los más altos altares que no venga ningún coche en la dirección que mi coche estaba invadiendo en ese momento. Avanza la fila y consigo reincorporarme y respirar. El engominado me mira a través del retrovisor y, mediante gestos de prepotencia, me hace entrever que se ha salido con la suya y yo me he quedado detrás.

Pero, oh sorpresa, pasa una moto, adelantando a toda la fila de coches por la izquierda. El motorista, por qué no decirlo, un guarro de los que hacen apología, gira su cabeza a la derecha y escupe. Entonces actúan las leyes de la física: velocidad, fuerza y gravedad. Si a eso le sumamos las variables de: situación del BMW y ventanilla abierta para gritar… podéis despejar vosotros mismos la ecuación.

lunes, 7 de abril de 2008

Aun a riesgo de ser grosera

Soy consciente de que voy a crear una entrada que puede valerme más de un enemigo. Es más, no me extrañaría que alguien me retirara el saludo y los que conocen mi aspecto, me escupieran al cruzarnos por la calle. Aún así creo que me expondré gratuitamente al escarnio público, porque realmente necesito escribir sobre esto.

Me encontraba cenando con una querida amiga cuando salió el tema. Mi interlocutora me decía que cuando uno se enamora, es capaz de realizar cosas que se escapan a la razón. Añadía que lo peor que se puede hacer en esta vida es criticar al vecino, porque mañana te puedes ver tú en el mismo lugar y a la sinrazón, habría que unir la vergüenza de la hipocresía. Me querida acompañante me ponía un ejemplo. Ella aún no se explica cómo fue capaz de caer en “eso” en “aquella circunstancia”, cuando jamás en la vida imaginó que sería capaz de hacer algo así. Y antes de que yo abriera la boca, censuró mis comentarios al respecto, recordándome qué pasaría si mañana me tocara a mí. Lo acojonante del tema es que justo al día siguiente me tocó a mí, pero yo no caí en “eso” en “aquella circunstancia”. No es que me considere un ser de piedra por haberlo evitado, quizás simplemente no era mi destino.

Sería hipócrita afirmar que a mí nunca me ha pasado algo parecido y sería necio no reconocer que las cosas se ven distintas desde dentro y desde fuera. Aún así, a veces me deja de piedra la gente que ha saboreado durante años una amarga hiel, que hasta ha provocado heridas en su boca, y sigue volviendo a por más. Reconozco que el enamorado se enajena y pierde la visión de la realidad, pero queridas y queridos todo ser humano por bondadoso y comprensivo que sea, debe tener un límite que yo duramente asociaría al concepto de dignidad.

Cuando critiqué y me ocurrió lo mismo, aprendí primero a no criticar y segundo, a no caer en lo mismo. Y, aunque harta estoy de escuchar eso de “cuántas cosas te pierdes por ser tan racional”, la mayoría de las veces me alegro de no consentir que alguien juegue a la ruleta rusa con mi corazón. A día de hoy, mi experiencia me dice que esta actitud tiene más beneficios que desventajas.

Puede que mañana tenga que sustituir esta entrada por unas humildes disculpas, ya que en ningún momento niego que uno se pueda ver involucrado en su propia crítica. Pero a día de hoy, me produce úlcera ver a algunos de mis queridos semejantes llorar porque todos los días sale el sol por Antequera.

domingo, 6 de abril de 2008

Y no me lo merezco

Tengo que agradecer de corazón los dos premios con los que este humilde blog ha sido galardonado en los últimos días. Las señoritas Mohikana y Alelo han tenido a bien seleccionarme como destinataria de estas distinciones. Repito, y lo haré las veces que haga falta, que no los merezco. Aún así reconozco que se me pone sonrisa de monalisa cuando alguien se acuerda de mí. Y es que más que el premio, yo agradezco ese estar presente en los demás. Gracias, gracias, gracias. Como dictan los cánones, debería nombrar a los dignos sucesores de estos premios. Reitero mis disculpas, pero soy incapaz de seleccionar. Todas las personillas que están enlazadas en la parte derecha de este blog los merecen. Quizá sea injusto no repartirlos, pero cada blog que visito con frecuencia es diferente al anterior, cada uno tiene su esencia y personalidad y, por supuesto, todos lo merecen. Así que como sé que Alelo y Mohikana no se van a enfadar, os los entrego a todos y a ninguno. Que conste que esta entrada es una pura expresión de agradecimiento para estas dos muchachas que, aún estando tan lejos, me sienten tan cerca. Muchas gracias, bonicas :)


El premio de Mohikana



El premio de Alelo



viernes, 4 de abril de 2008

Cadenas maniáticas

La señorita Mohikana me propuso en su blog para que siguiera una cadena. La historia consiste en relatar cinco manías personales y proponer a otros cinco bloggers para que hagan lo mismo: exponer sus manías confesables y nombrar a otros cinco blogs para continuar la cadena. A mí lo de seleccionar un número limitado de personas es que sigue sin gustarme, así que invito a todo el que lea esto a hacer lo propio en su blog. También podéis hacerlo en los comentarios de la entrada, en el caso de que no tengáis blog o no os apetezca hacer una entrada similar. Perdóname que sea tan díscola Mohikana, pero siempre he creído en el poder de la selección natural. Bueno, ahí van cinco de mis manías que, reconozco, me ha costado seleccionar.

1. Evito siempre pasar entre dos palos, columnas, postes o similares. En ocasiones tengo que bordear plazas enteras para conseguirlo.

2. No puedo ver las puertas abiertas, sobre todo las de los armarios. En cuanto llego a mi casa, voy cerrando puertas como una posesa.

3. Soy muy maniática para combinar colores en la ropa. No es que la gama de colores de mi vestimenta sea muy amplia, pero hay colores que no pueden ir juntos ni por accidente.

4. Guardo un número desorbitado de veces los documentos del ordenador, sobre todo en el trabajo.

5. No puedo cerrar un libro a medio leer un capítulo. O lo termino o no lo empiezo, pero jamás lo dejo a medio.

jueves, 3 de abril de 2008

Expediente Kodac

La vida posee toda una serie de inexplicables misterios. Conforme transcurría la tarde, me venía dando cuenta de uno de ellos. Y es que, amigos, todos o casi todos somos poseedores de las mismas fotos. Es como si existiera una siniestra mano ubicua que clona nuestros fotogramas.

Todos tenemos la típica foto de cuando éramos bebes. En ella salimos desnudos: boca arriba los niños y boca abajo las niñas por lo general. Permanecemos, en la mayoría de los casos, tendidos sobre una cama o sofá, en su defecto. En esta instantánea salimos con los ojos muy abiertos y si se tercia, arrugando las sábanas con nuestras pequeñas manitas.

Otro clon se encuentra en las fotos de la comunión. Absolutamente todos tenemos esa foto en la que salimos con las palmas de las manos juntas, entre las que sostenemos un Rosario, una Biblia o similar. Y miramos como para algún lado como si el mismísimo Dios estuviera presente en el posado.

También está la foto de navidad, vestidos de figuras belenísticas en el cole. La verdad es que yo siempre quise ser la Virgen, pero nunca me ascendieron de pastorcilla, qué cruel ahora que lo pienso. También existe su variación de foto del baile fin de curso.

Si consigues completar algún ciclo académico: foto con beca, toga y en el peor de los casos, con birrete incluido. Aquí solemos tener cara de “porque yo lo valgo”.

Luego crecemos e irremediablemente sentimos la necesidad de darle la vuelta a la cámara y autofotografiar nuestro rostro. Y cuando comenzamos a viajar, surge la foto monumento, ya que todo el mundo tiene una instantánea frente a la catedral o el edificio emblemático de turno.

Y yo me pregunto, ¿por qué la SGAE no hace nada para remediarlo?